2011/01/31

Hay un amigo en mí.

Contiene spoilers de Toy Story 3.

Toy Story nunca ha sido santo mi devoción. Poco recuerdo ya de sus primeras entregas (era bastante joven cuando las vi), pero nunca me pareció ni de lejos una de las obras cumbre de Pixar, y de hecho, no tenía intención de ver la tercera entrega, pero el reto de dilucidar si esta o How To Train Your Dragon era la película del 2010 era demasiado tentador.

No me gustaron nada los primeros minutos, estaban plagados de un montón de clichés, Woody subido en un tren peleando con su archienemigo mientras el puente vuela por los aires y luego una persecución y bla bla bla. Si, venía yo ya con algunos prejucios, pero como he dicho, Toy Story nunca me ha gustado.

Después de esta escena inicial, empezamos con el factor nostalgia de la mano de unos vídeos de cuando Andy era pequeño y con la famosa canción que da título a este post. Acto seguido, volvemos a la realidad: Andy se va a la universidad. Nada nuevo bajo el sol, porque Toy Story repite la formula de siempre, con Andy desechando sus juguetes (aunque todo esto sea por culpa de una malentendido) y los juguetes acaban perdidos por toda la ciudad.

A partir de ahí, fue desarrollándose la trama de la manera habitual, que era extremadamente entretenida, pero seguía teniendo un tono muy naïve.

El punto de inflexión llegó alrededor del minuto 70 del filme, cuando los juguetes estaban en el triturador de basuras e iban a ser incinerados, en el cual me planteé la posibilidad de que acabaran realmente chamuscados, lo cual por otro lado sería bastante sorprendente en una película de esa índole, pero podría ser un final bastante chocante pero destinado a la reflexión (que los niños de hoy en día viven en las nubes). En cualquier caso, al final aparecieron los alienígenas y salvaron la función (como era obvio) para dar paso al último capítulo del filme. Los juguetes vuelven a casa, y se rencuentran con Andy, que antes de marcharse a la universidad se los deja a la niña con la que Woody se había topado en busca de su casa, en una escena final muy emotiva (muy al estilo Pixar, y que casualmente me recuerda a ciertas escenas de ‘Up’) que cierra muy bien la cinta.

La película además, ha tenido grandes momentos cómicos, como ese Buzz Lightyear hablando castellano con acento mexicano (ponle un sombrero y parecería un mariachi por completo), o Ken probándose trajes en su inmenso armario.

El resultado general fue un tanto más satisfactorio de lo que esperaba, pero sigo notando ese regustillo a que esta historia ya la he visto, y es que al fin y al cabo, todas las películas de animación parecen obligadas a tener un happy ending. Que si, que ya sé que en principio son para niños, pero podrían aspirar a llegar a un público más adulto. Yo, para recordar mi añorada infancia, llena de ingenuidad y juegos, prefiero rebuscar en mi propia memoria.

Finalmente, y pese a que al principio tiraba la lanza a favor de How To Train Your Dragon  voy a dar el combate por empatado, y darles a ambas cintas el título de película del año.